sábado, 20 de marzo de 2010

Ojos Azules de Tormenta


El océano ruge contra mi nave gris,
y yo navego, con ojos llenos de tiempo,
hacia el horizonte, oscuro, electrizado;
sin descanso.

Los olas se alzan como torres,
ensombreciendo mi solitaria vela,
y braman como toros, surcando la atmósfera.
Y rompen, como atlantes malditos,
con la cólera de siglos,
quebrando madera, huesos y espíritu.

Caigo al abismo de penumbra y veo mi mástil,
partido, a la deriva.
Las aguas inundan mis pulmones y cierro mis ojos,
¿o acaso no ven sino la nada más absoluta?

Y entre los remolinos salvajes se hace una calma,
y surgen tus cabellos rubios, tu piel perfecta,
y coges mi mano y me cantas con tu voz extranjera.
¿De dónde sales, mi ondina,
impasible a estas aguas turbulentas?

Me lanzas al cielo, sobre las olas,
y suspendido entre las nubes amontonadas,
me enseñas la belleza de este océano,
ancho, profundo,
como tus ojos azules de tormenta.


1 comentario:

  1. EL MISMO ANDÉN, LA MISMA LLUVIA

    Ya no sé dónde estoy. No lo sé.
    Escondida
    tras una bruma de amores y de engaños
    me siento respirar,
    la humedad suspendida
    me envuelve, me acaricia, me ilumina,
    cubre mi piel sedienta
    y mi mente imagina
    que me amarás igual aunque pasen los años.

    Dolida estoy, por esa ondina,
    tranquila y sosegada en fin, por otra parte,
    por otros ojos, por otras manos
    que me dan la quietud que nunca tú me diste
    -tal vez por eso mismo-
    Aunque te sigo amando.

    Te odio también a ti, ¿por qué me miras
    a través del espacio de tus versos?
    ¿Por qué me escribes a mí, que en teoría
    no te leo, no te amo y amo a otro?
    Por qué vuelves a mí, que en poesía
    me persigues, me encuentras, me desgranas.
    Cuánto te eché de menos mientras eras mi esposo.

    Hoy no hay parte de mí que no te recuerde
    ni día en que no te escuche
    deslizar una broma
    tensarme cada músculo de miedo a perderte
    -valiente paradoja-
    teorizar sobre juegos, llevarme al paraíso
    con tu voz grave y dulce
    que hacía vibrar la tierra.

    Ay amor que me haces soñar otros amores
    posibles, otras desgracias,
    emociones más fuertes, sentimientos más hondos
    que los que en mí despertabas
    como probando que posible fuese
    amar más de lo que contigo tuve.

    Ay amor que vives en esta casa
    que no conoces, que vienes
    conmigo hasta mi tren cada mañana.
    Al pasar por tu calle, alegre, que fue la mía,
    me consuela, me redime
    acercarme a tu esquina y cada paso
    que tú repetirás por la acera de enfrente
    -el sol estará más alto pero a mí me vale con tu imagen-
    evitando a la gente para pisar el mismo andén
    la misma lluvia
    te hará sentir que al fin y al cabo
    esta vida de ahora ya no es nuestra vida.

    Madrid, 25 de marzo de 2010

    ResponderEliminar