sábado, 26 de noviembre de 2011

Secretos de Estado


—El águila sale del nido.
Miré al cielo como un idiota, por segunda vez desde que salimos del despacho, olvidando que el “águila” era yo. A la Agencia de Seguridad Nacional le encantaba referirse a todas las cosas que rodeaban al Presidente con nombres pomposos con un tufillo imperialista. Al menos no eran aficionados a los acrónimos, como los del Pentágono, que preferían referirse a mí como POTUS. El “nido” era la Casa Blanca, por supuesto.

Saludé a los dos infantes de Marina que custodiaban la escalerilla y subí al helicóptero, por delante del Secretario de Defensa, el Director de la CIA, el del FBI, el Jefe del Estado Mayor y media docena de burócratas. Todos se conducían con esa seriedad tan propia de las agencias de tres letras.
—¿Son de tu oficina, Leon? —pregunté mientras tomaba asiento.
—No, señor, creo que son hombres de Mueller —respondió Panetta abrochándose el cinturón.
—Mueller, ¿qué pintas tú en todo esto? —dije intentando relajar el ambiente.
—Lo entenderá muy pronto, señor Presidente —dijo Robert con voz monótona.
—¿Y a dónde nos dirigimos, si puede saberse? —pregunté a nadie en particular.
—A Nuevo México, señor —dijo el Director de la CIA.
—¿Y qué secretos de estado tan importantes me esperan en Nuevo México? No me irás a decir que me lleváis a Roswell, ¿verdad? —dije con cierta sorna.
Me respondió un silencio denso y pastoso, mientras mis ayudantes hundían la cabeza en sus Blackberries. Unas pequeñas arañas con patas heladas escalaron mi espalda desde la cintura hasta la nuca. Hubiera querido echarme a reír, pero desde hacía tres días era el águila, POTUS, el Presidente de los Estados Unidos, y algunos de los tipos que me acompañaban llevaban trabajando en Washington desde los tiempos de Kennedy. Robert Mueller había llegado a conocer personalmente a Hoover. Hubiera querido reírme, pero… aflojé el nudo de la corbata y tragué saliva discretamente.

Horas más tarde sobrevolábamos las Montañas Sangre de Cristo, la estribación austral de las Rocosas, y el Marine 1 descendió sobre el Río Grande en un picado demasiado agresivo para el gusto de mi estómago, entre cumbres quebradas de roca caliza. Las aguas azules y erizadas se reflejaban en la piedra mientras el helicóptero se deslizaba ágilmente en vuelo NOE, como decían los del Pentágono: acariciando el suelo. Un espectáculo digno de una película, pero yo no era Harrison Ford, y por todos los Santos, estaba seguro de que las escenas peligrosas las rodaba un especialista mientras el bueno de Harry se tomaba unos mojitos en su caravana.
—¿Leon, es realmente necesario volar entre estos cañones como si nos persiguiera el Imperio Galáctico?
—Volamos por debajo del radar, señor.
—No me jodas, Leon. ¿Cuándo hemos invadido el espacio aéreo ruso?
—No queremos atraer la atención de organismos indeseables, señor Presidente —dijo Robert Mueller, el padre de familia que el domingo pasado me invitó a cenar en su casa de Palm Beach, amante del golf, el bridge y director del FBI. Le miré a los ojos como si no le conociera, como si no hubiéramos compartido un autobús durante toda la campaña, preguntándome si aquel hombre sabría quién había matado a Kennedy. Comencé a preguntarme cuántos de los presentes lo sabrían también…
—¿Quién mató a Kennedy, Robert?
—Harvey Oswald, señor.
—Has respondido demasiado rápido.
—Como usted quiera, señor —me miró fijamente a los ojos durante unos segundos—. Harvey Oswald, señor Presidente.
Hubiera querido llamarle al orden, pero tampoco podía recriminarle nada más que aquella forma ligeramente desafiante de mirarme. Volví la cabeza y vi que todos me observaban de la misma forma, entre ausente y relajada, como una manada de leones alfa que toman el sol alrededor de un conejillo de indias. Una primitiva señal de alerta se encendió en mi cerebro, se me erizó la piel y tuve que simular que me picaba el brazo para distender mis músculos agarrotados.
—¿A qué organismos se refiere, señor Mueller? —dije intentando imprimir a mi voz toda la autoridad posible.
—A la policía del Estado, Guardacostas… ese tipo de organismos, señor.
—Está bien, continúen —dije, estúpidamente.

Media hora después sobrevolábamos el desierto. A lo lejos vislumbré un destello, que segundos después se convirtió en una inmensa red de pistas de aterrizaje. La Base Aérea de Roswell. Me consolé pensando que habían montado todo este circo para un solo espectador, y que ese tipo, al que millones de americanos habían votado, era yo, el águila. Sí, el águila imperial. El piloto del Marine 1 aterrizó suave como una pluma lanzada desde la torre de Pisa. Frente al helicóptero había un hangar gigantesco. Me levanté enérgicamente, apretando la corbata.
—Vamos, señores, no tengo todo el día —dije mientras caminaba hacia la escotilla.
El hangar no sólo era gigantesco. También era el maldito hangar más famoso del mundo. Unas letras pintadas en rojo brillante rezaban “Área 51”. Las piernas me fallaron y las arañas volvieron a eclosionar en mi espalda.
—No me jodas, Leon, no me jodas —dije perdiendo de nuevo la compostura.
—Adelante, señor, nos están esperando —dijo él con su apostura de macho alfa, caminando en línea recta hacia la entrada del Área 51. Por todos los Santos, la entrada del Área 51…

Al cruzar el umbral la oscuridad lamió mi piel como si estuviera viva. Quise gritar, pero en lugar de eso me agarré al brazo de Mueller. El director del FBI me miró como si fuera su hija de once años, que no paró de llorar durante la barbacoa del pasado domingo porque su perrito caliente tenía demasiada mostaza. Esperé a que de un momento a otro me dijera: “Tranquila, Lucy”. En cambio, dijo:
—Tranquilo, señor Presidente.
Hubiera preferido que me llamara Lucy. Hubiera sido mucho menos humillante.
—Estoy preocupado por la seguridad, Robert, ¿no necesitaremos máscaras de gas?
—No, señor.
—¿Trajes NBQ?
—No, señor.
—¿Tomar alguna pastilla?
—No hay ningún peligro, señor. El sujeto es inofensivo.
—Todo en orden, pues. Bien, prosigamos —dije luchando con cada sílaba. Es difícil hablar cuando el aire ha abandonado tus pulmones por alguna puerta secreta hacia los intestinos. ¡El sujeto! Así que era cierto. Había alguna cosa allí dentro. Un sujeto. El tipo que pone a los verbos en movimiento. Verbos como “levitar”, “desintegrar”… ¿Cuál era el verbo para “telepatía”? Supuse que los terrícolas no teníamos motivos para inventar un verbo inútil, inútil para nosotros, seres peludos e inferiores del tercer planeta alrededor del Sol.

Nos encaminamos hacia una puerta maciza de acero con forma circular. Me recordó a la puerta blindada del banco de Batman, el Caballero Oscuro. Una película infumable, aunque Heath Ledger se mereció el Oscar sin ninguna duda. Una lástima que no viviera para recogerlo. Aunque en ese momento no me sentía identificado con el Joker, ni con Batman. Me sentía más bien como el tipo del banco al que le meten la granada de fragmentación en la boca. Comprendí que me dolía la mandíbula porque llevaba toda la mañana apretando los dientes.
Mueller y Panetta extrajeron sendas llaves que les colgaban del cuello y las introdujeron en dos ranuras a ambos lados de la puerta. Se miraron el uno al otro, asintieron y giraron las llaves simultáneamente. ¿De verdad había puertas que se abrían así? Era oficial; Harrison Ford hubiera hecho de Presidente mucho mejor que yo en mitad de aquel episodio de Expediente X. Se oyó un chasquido seco y un movimiento de maquinaria al otro lado. La puerta gimió como si la acabaran de despertar de un profundo letargo y se abrió penosamente. Tardó tanto en completar la maniobra que me hubiera dado tiempo a tomarme un chocolate caliente. Dios, lo que hubiera dado por un chocolate caliente de los que hacía Michelle. Casi se me saltaron las lágrimas al recordarla. Éramos tan felices en Hawaii… Qué demonios hacía allí, rodeado de depredadores de despacho, con esa estúpida bandera americana en la solapa, intentando convencer al mundo de que sabía lo que me hacía.

La puerta, abierta en un ángulo de noventa grados, tenía al menos tres pies de ancho. La comitiva entró en un pasillo forrado de acero colado. Tras unos interminables treinta segundos, Mueller se detuvo frente a un quirófano. O lo que parecía un quirófano. O las puertas del infierno, según la opinión de mi bajo vientre. Mueller me miró con solemnidad.
—Señor Presidente, lo que va a ver usted a continuación es un secreto de estado de nivel Alfa dos Eco Charlie Delta.
—Comprendo, señor Mueller —No tenía ni la más remota idea de lo que significaba, pero creo que conseguí una respuesta con la dosis justa de gravedad y condescendencia.
—Por tanto, trasciende la inmunidad ejecutiva de su cargo y desvelarlo se considerará un acto de alta traición, castigado con la muerte. ¿Lo ha comprendido, señor Presidente?
¿Por qué tenía que hablarme de esa manera? Si no le hubiera ratificado en su cargo hace dos días, le hubiera pedido la dimisión allí mismo.
—Lo comprendo —dije, añadiendo unas pizcas extra de condescendencia a mi fórmula.
—Adelante, señor Presidente.

Mueller abrió la puerta del quirófano, pero no entró. Nadie lo hizo. Todos me miraron fijamente, con sus ojos de lobo. Asentí y di un paso hacia dentro. La sala estaba amueblada de sombras. Un foco se iluminó sobre una mesa de operaciones, en la que descansaba una forma alargada. Di dos pasos dubitativos, luchando contra las arañas que me suplicaban que corriese hacia el helicóptero y ordenase al piloto que me llevara a Hawaii a toda prisa. En el viaje llamaría a Michelle y a las niñas, les diría que las quería y que todo había sido un error, que mi abuela ya estaba orgullosa de que su nieto fuera senador de Illinois. Pero me contuve. Tomé aliento y me dije a mí mismo que estaba teniendo un ataque de pánico irracional frente a una bolsa donde, de acuerdo, seguramente había un marciano. Pero un marciano muerto. ¿A qué le tenía tanto miedo, exactamente? ¡Era absurdo! Era el Presidente de los Estados Unidos y tenía ante mí uno de los secretos mejor guardados del mundo. ¡Debería estar dando saltos de alegría! ¿Cuántos niños, cuántos millones de americanos, no darían su vida por aquella oportunidad que se me presentaba? Tomé una profunda bocanada de aire y me dirigí a la mesa con paso firme. La bolsa era negra, de plástico, ajada por el tiempo. Busqué la cremallera con la mirada, la agarré con manos firmes y la abrí de un solo tirón, cargado de energía. La figura humanoide tenía los ojos abiertos de par en par y me sonreía torvamente, extendiendo una mano hacia mi garganta. Grité, grité con desesperación, y salté hacia atrás, como una gacela en una emboscada. Caí en los brazos de Panetta y me volví hacia él con los ojos abiertos como las ensaladeras de la vajilla Roosevelt.
—¡Está vivo, Leon, el marciano está vivo!
—¿Qué marciano, señor Presidente? —me dijo.
Le miré sin reaccionar, respirando sofocadamente. Luego giré la vista hacia la mesa de operaciones. Bajo el foco, tendido sobre la mesa, había un maniquí de Ronald McDonald, sonriente y feliz, con la mano alzada, saludando como un faraón capitalista. Miré a los demás con una mezcla de aturdimiento y alivio. Todos estallaron en carcajadas. El Jefe del Estado Mayor se apoyaba en uno de sus ayudantes para no caerse al suelo, repitiendo “¡el marciano está vivo!” Panetta me daba palmadas en la espalda con lágrimas en los ojos y Mueller rogaba que parasen porque le faltaba el aire, mientras estrechaba la mano de Ronald McDonald.
—Sois una partida de hijos de puta —dije, incorporándome.
—No se avergüence, señor. Debería haber visto la cara que puso Bush —dijo el Jefe del Estado Mayor, secándose las lágrimas. Pero alguien dijo “¡el marciano está vivo!” y todos volvieron a derrumbarse en una orgía de risas y suspiros.


1 comentario:

  1. ¡Qué bueno, Sergio!
    Eres el mejor con los relatos, el mejor de todos. Me han encantado las pizcas extra de condescendencia que has añadido a la fórmula.
    No tenía pensado escribir, pero no me he resistido a pinchar en "más información", y claro, me has pillado.
    Besos,
    María

    ResponderEliminar