jueves, 1 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad Prima


Había una vez un hombre muy avaro llamado Señor Scrooge que no celebraba la Navidad a causa de su vida solitaria y de su adicción al trabajo.

Ésta no es su historia. Ésta es la historia del Señor Scrooge’. Léase el apóstrofe como prima.

El Señor Scrooge’ vivía en la Tierra’, el tercer planeta alrededor del Sol’, una estrella insignificante del Universo’, cuya particularidad radicaba en que poseía cinco dimensiones. Esto quiere decir que los habitantes del Universo’ podían moverse hacia delante, atrás, arriba y abajo, como cualquiera de nosotros. Pero si les apetecía, también podían moverse a un lado, sin invadir las tres dimensiones que nos resultan familiares. La cuarta dimensión era una ventaja especialmente práctica en las discotecas a las tres de la mañana y en los almacenes de ultramarinos.

En la Tierra’ la Navidad se celebraba desde el 1 de enero’ hasta el 21 de diciembre’ de forma ininterrumpida; 355 días en los que un espíritu compasivo y bondadoso se apoderaba de todas las personas. Los restantes eran diez días de alboroto y desenfreno. Los jóvenes no cedían el asiento a sus mayores, nadie se reía de los chistes malos, aunque los contase un amigo, y hasta las personas más honradas se apropiaban de los objetos perdidos sin llevarlos a la comisaría. Todo el mundo disfrutaba muchísimo de los Diez Días Nefastos, porque uno podía hacer lo que le viniese en gana, pero sobre todo, porque sólo duraban una semana y media.

Menos el Señor Scrooge’, que era un hombre recto y generoso, con arraigados principios éticos. Con una vehemencia no carente de altanería, el Señor Scrooge’ defendía que el espíritu navideño debía apoderarse de la gente los 365 días del año. Los Diez Días Nefastos eran una aberración del todo intolerable. Es por esto que, mientras su familia se disponía a comer una ensaladilla rusa viendo la televisión en la noche del 24 de diciembre’, el Señor Scrooge’ ultimaba los preparativos de un banquete.
—¡Mónica Prima, seguro que no quieres cenar conmigo! —Mónica’ era la esposa del Señor Scrooge’.
—¡No, gracias, cariño!
—¡Raúl Prima, qué dices tú!
—¡No! Están echando Pekín Prima Express, ¿seguro que no quieres verlo?
—¡Claro que no, nunca veis la tele, tampoco deberíais verla hoy!

El Señor Scrooge’ suspiró, resignado, y se dispuso a cenar. Para el aperitivo había preparado un delicioso surtido de ibéricos, quesos curados y mariscos; de primer plato, ternera rellena de almendras; a la que seguirían unos postres variados, fríos y de temporada, para que los comensales pudieran elegir. El problema era que a dicho banquete sólo acudiría él mismo. Los estrictos principios éticos del Señor Scrooge’ no eran compartidos por ninguno de sus amigos, que habían organizado una noche de locura: beber en mitad de la calle un surtido de bebidas combinadas, lanzar las botellas al aire cuando estuvieran borrachos y cantar toda la noche para despertar a los vecinos. El Señor Scrooge’ negaba con la cabeza imaginando las maldades que sus amigos se disponían a perpetrar, cuando un hombre se le apareció, atravesando limpiamente la bandeja de los mejillones.
—Buenas noches, Señor Scrooge Prima.
—Buenas noches tenga usted, señor…
—Soy el Fantasma de la Navidad Paralela.
—Un placer, amigo mío. ¿Se quedará a cenar esta noche?
—Lamento decir que no. La ternera tiene un aspecto delicioso.
—¿Y qué le trae a mi humilde…? Un momento. ¿Ha dicho usted Navidad Paralela? ¿No debería haber dicho “Navidad Prima”?
—No pertenezco a este mundo, Señor Scrooge Prima.
—Pensaba que simplemente estaba usted caminando de lado.
—No, Señor Scrooge Prima. Provengo de un mundo donde usted es el Señor Scrooge, a secas, que vive en el planeta Tierra, que gira alrededor del Sol. En mi mundo no añadimos la notación Prima a todos los nombres propios. ¿Se ha planteado alguna vez que ese epíteto no añade ningún tipo de información a las palabras?

El Señor Scrooge’ se detuvo un instante a pensar. Segundos después su cara se iluminó, como aquellos que comprenden de pronto, a los treinta y pico, que la palabra “ensaladilla” significa ensalada pequeña, que se usa aunque te sirvan una ración de dos kilos. ¿No tendría más sentido llamarla simplemente ensalada rusa?
—Oh —dijo el Señor Scrooge’.
—Amigo mío, es usted un hombre bueno —dijo el Fantasma­—, pero debe comprender que estos banquetes que insiste en celebrar avergüenzan a sus seres queridos innecesariamente.
—¡Innecesariamente! A esto se le llama coherencia, mi estimado Fantasma. No voy a violar mis principios sólo porque la sociedad esté apegada a una tradición del todo intolerable que debería ser erradicada sin más.
—Deseo mostrarle algo, Señor Scrooge Prima. Deseo llevarle a la Tierra.
—La Tierraaa… —el Señor Scrooge’ alargó la última letra como si estuviera cayendo por un precipicio. Consiguió terminar la frase, sin añadir nada más, después de un esfuerzo sofocante.
—La Tierra. Quiero que vea usted algo.
—La ternera se enfriará.
—Descuide, vamos a viajar moviéndonos de lado y de espaldas.
—¡Eso no es posible!
—Así es como uno camina por el Universo Dos Prima, que dispone de seis dimensiones, y que nos servirá de autopista esta noche. Estaremos de vuelta en un periquete.

Y, efectivamente, volvieron en un periquete.

—¡Pero bueno! —dijo el Señor Scrooge’, apoyándose en una silla.
—¿Qué le ha parecido?
—¿Se han vuelto todos locos en ese planeta, qué demonios les pasa?
—La Tierra Prima no era muy diferente en el pasado. Hace tiempo la Navidad Prima también duraba sólo diez días. Pero alguien pensó que sería bueno alargarla un poco, hasta quince días. Funcionó muy bien, y años después la alargaron a veinte. Así hasta que llegó a ocupar los 365 días del año.
—¡Los 365 días del año!
—Así es. Pero surgieron problemas. El estímulo positivo de las Navidades Eternas no era capaz de competir con cierto impulso natural presente en los seres humanos, que se resistía a ser ignorado. Un buen día, un hombre, incapaz de contenerlo, mató a otro.
—¿Matar? ¿Qué quiere decir?
—Acabó con su vida, Señor Scrooge Prima. De forma consciente, con sus propias manos.

El Señor Scrooge’ se tapó la boca con las dos manos, horrorizado.
—Quizá algún día ese impulso desaparezca, pero piense que los Diez Días Nefastos parecen, por el momento, suficientes para aplacarlo. Han desarrollado ustedes una sociedad magnífica, Señor Scrooge Prima. El mayor crimen que puede cometerse es subir el precio de las viviendas de forma injustificada.
—¡Válgame Dios Prima, claro que sí!
—Permita que los hombres se dejen llevar por el egoísmo de vez en cuando. Quizá algún día no sea necesario. Pero mientras tanto… Disfrute de ello. Su cuerpo sigue poseyendo ciertas glándulas que le harán sentir bien si lo hace. Bastante atrofiadas, digamos, por el desuso. Pero ahí siguen, herencia de tiempos más oscuros.

El Fantasma de la Navidad Paralela hizo una reverencia y dio un paso de lado y de espaldas. El Señor Scrooge’ tomó asiento en su butaca y permaneció allí largo tiempo, pensativo.

El reloj marcó las doce’. El Señor Scrooge’ se incorporó y abrió el armario donde la familia guardaba los licores. Después, cogió una botella de Chardonnay’ que guardaba su hermano como oro en paño para celebrar el día que una chica se comprometiese con él.

La abrió con sumo cuidado, tomó un sorbo directamente de la botella y liberó una risita, breve, sutil, casi inaudible.
 

2 comentarios:

  1. ¡Válgame Dios prima!, se te ocurren unas ideas geniales.

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  2. Oportuno, muy oportuno tu cuento...espero que el impulso no desaparezca nunca , al fin y al cabo para que algo nuevo nazca, algo o alguien debe morir de algun modo.

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