viernes, 9 de diciembre de 2011

La Puerta Bifurcada




I

Una profecía milenaria pronosticó que el rey sería asesinado por su primogénito. Como todas las profecías se autoverifican, maté al hombre que me dio la vida en venganza por haber exterminado a mis hermanos. De mí, hijo ilegítimo, no tuvo conocimiento hasta la noche de su muerte.

Supe de aquella profecía el día de mi coronación. Los venerables me la comunicaron en una ceremonia secreta, mientras el peso de la tiara de bronce hundía mis sienes. Me hicieron saber que el poema de la profecía tenía un segundo fragmento, en el que no jugaba el papel de verdugo, sino de víctima.

Para evitar el fracaso de mi reino, había de cruzar el umbral de una puerta, dentro de un laberinto, más allá de los salones ancestrales, bajo mi palacio de invierno. Esta puerta se bifurcaba en dos caminos. El izquierdo conducía a una paternidad dichosa. El derecho, a la muerte, tras innumerables años de soledad.

Siempre había pensado que todo apocalipsis contiene, visto en perspectiva, el primer paso de una integración. Los horrores que hoy nos asaltan son la circunstancia necesaria para nuestra futura felicidad, y viceversa. De esta forma, toda elección conduce finalmente al mismo destino. Es irrelevante la opción que tomemos, pues sólo es necesario ampliar el círculo de nuestra visión para comprender que todas son, en última instancia, intercambiables. La dicha de ser padre lleva al dolor de la muerte prematura del hijo. Una vida de soledad nos prepara para acoger en nuestro corazón al amor verdadero. Este ciclo es impredecible, y toda elección, por tanto, arbitraria.

Mi duda se encontraba en un lugar distinto. ¿Qué ocurre cuando no se elige ninguna opción? Los venerables se santiguaron al escucharme, pero yo les dije:

“¡Al demonio con la puerta, el laberinto y los salones ancestrales! ¡Levanten muros en mi palacio de primavera para disfrutar de las apacibles noches invernales!”


II

Mi reino se consumía. Las revueltas incendiaban el mundo y mis consejeros se repartían los despojos en connivencia con potencias extranjeras.

Sin herederos, mi dinastía estaba condenada a la extinción. El espejo me devolvía un rostro envejecido y agotado que no había vivido más de treinta veranos. Durante años había estudiado el arte del estadismo, había aplicado los más modernos principios económicos, los mayores avances de la ingeniería social; en vano. Cada una de mis decisiones demostró ser fatídica, retorcida por factores impronosticables. Mi inacción fue siempre catastrófica.

Sobre mi trono de alabastro, aplastado por mi corona de bronce, contemplaba las ruinas de mi universo, rodeado por una tronante soledad. Los venerables me abandonaron cuando, en el décimo aniversario de la muerte de mi padre, volví a negarme a cruzar el umbral de mi condenación. Si hubieran podido asistir al día de mi derrocamiento, habrían oído mi decimotercera negativa. ¡Que se me abalanzasen las olas del infortunio, yo sería el dueño de mi destino!


III

No sé cuántos años permanecí encerrado en aquella celda, pero los ricos ropajes con los que me capturaron se habían convertido en harapos. Mi sustento diario era un mendrugo de pan y un cuenco de agua.

Pero aprendí a apreciar mi cautiverio. Pasaba las noches estudiando las estrellas y llegué a comprender que la Tierra giraba alrededor del Sol. Supliqué durante años, quizá décadas, que me prestaran pluma y pergamino para anotar mis indagaciones. Sin herramientas de estudio, me vi obligado a desarrollar prodigiosos sistemas mnemotécnicos. Uno de mis guardianes era un apasionado observador de los astros; entablábamos profundas conversaciones que me resultaban de gran utilidad. Este hombre simple, al que como rey no hubiera dudado en mandar decapitar si hubiera osado dirigirme la palabra, se había convertido en mi primer amigo. Le tenía una gran estima, y sentía que mi emoción era recíproca. Siempre que la prudencia se lo permitía, me proporcionaba pequeñas porciones de carne de contrabando.

De alguna manera, mi amigo hizo llegar el rumor de mis hallazgos a los oídos del joven usurpador. Una noche de otoño me convocó a su presencia. Al parecer, pretendía agasajar a la corte con un espectáculo de enaltecimiento intelectual.

Armado de pluma y papiro, mi mano dibujaba el universo. Con trazos largos y fluidos, describí la circunvolución de los cuerpos celestes. Reconocí el rostro de los consejeros que me habían traicionado, pero mi corazón sólo sintió júbilo al comprobar la expresión de asombro en sus ojos, mientras se les abrían los secretos profundos del espacio y del tiempo, como flores perfumadas de un jardín en armoniosa disposición.

El usurpador ordenó que se detuvieran los aplausos y posó su mano sobre mi cabeza inclinada. Anunció que deseaba nombrarme astrónomo real y que me trasladase inmediatamente a la torre más alta de su palacio.

Lloré de felicidad y le besé la mano.


IV

En el invierno de mi vida me costaba cada vez más permanecer despierto. Mi mente, agotada de disquisiciones metafísicas, prefería surcar las ignotas aguas del sueño. A veces soñaba que era muchas personas, y en aquellas oníricas travesías sentía que mi alma se enriquecía con vivencias nuevas y trascendentales.

A menudo me veía asediado por la nostalgia innombrable de amores que no había experimentado, la dicha de ver crecer a hijos que no había concebido, la desazón de perder a seres que nunca me habían querido.

Aunque el mundo me consideraba una eminencia desde que había demostrado la órbita elíptica de los seis planetas, y calculado la distancia entre la Tierra y la Luna perfeccionando el cálculo diferencial, lo que más placer me producía entonces era sentarme a la mesa del rey para participar silenciosamente de la vida de los hombres. Descubrí en el movimiento sutil de sus tribulaciones y alegrías los mecanismos secretos de la traslación y rotación de los astros. Se me aparecían como engranajes hermosos y perfectos de la misma elegante sinfonía. A veces tenía la vívida impresión de que las estrellas y la Humanidad debían haber sido formados a partir del mismo polvo.

Mientras sopesaba cuán triste era morir antes de poder demostrarlo, me quedaba dormido a menudo; pero aún me daba tiempo a percibir cómo el rey mandaba a todos bajar la voz para no despertarme.


V

Poco antes de mi muerte, mi amado rey acudió a mi lecho para pedirme, conteniendo las lágrimas, que le permitiese concederme una última voluntad.

Sin dudarlo un instante, susurré:

“Conducidme a la puerta que se oculta dentro de un laberinto, más allá de los salones ancestrales, bajo vuestro palacio de invierno, mi señor.”

El rey alzó sin dificultad mi cuerpo leve y me trasladó como a un bebé hacia mi destino, acompañado por toda la corte.

Frente a la puerta bifurcada, rogué a mi señor que me depositase sobre el suelo. Me apoyé en sus fuertes brazos para incorporarme y dirigí la mirada hacia dos puertas sencillas, con sendas aldabas de bronce.

En la izquierda me esperaba una paternidad dichosa. En la derecha, la muerte, tras innumerables años de soledad.

Sonreí y me encaminé hacia ellas con el paso firme del joven que vengó a sus hermanos muertos.

Yo tomé la derecha y tú la izquierda, y así recorrimos ambos caminos, pues los hombres somos uno, y todo tiempo es vanidad.


A Silvia Gil Larios


3 comentarios:

  1. Hola :

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  2. Y viviendo sin elegir un destino prefijado, cumplió ambos , como no podía ser de otro modo. Vivió solo hasta su muerte como todos y tuvo una paternidad dichosa, la de sus ideas y obras .Pero tuvo el amor y la compañía de sus iguales .
    Hermosa historia , Sergio, te sigo leyendo.

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  3. Qué interpretación tan interesante, Ana. No se me había ocurrido. Pero es verdad, ahí está, sostenida sobre los cimientos del relato. Qué curiosa es la forma en la que cada uno de nosotros vemos reflejada nuestra propia esencia en cada historia.

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