domingo, 18 de diciembre de 2011

La Voz Que Los Hombres Perdieron






Su padre le dijo “cállate” y ningún hombre volvió a oír la voz de Samuel nunca más.

Intentaron disuadirle mediante amenazas, insultos y golpes. La familia asumió que convivía con un espectro.

Su infancia transcurrió en una burbuja de vacío. Su mutismo alejaba a los espíritus melancólicos. Su inquietante mirada le libraba del acoso del resto.

Algunas chicas se sentían atraídas por su aire distante. Samuel las ignoraba a todas.

Vivía en una inconmovible soledad, acompañado de un cuaderno donde dibujaba nubes y pájaros en vuelo.

Pero Samuel no dibujaba bien.

Tampoco era buen estudiante. Sus padres y profesores lo consideraban carne de cañón. Un día, tras equivocar la formulación matemática de una ecuación en la pizarra, su profesora le golpeó la cabeza y comenzó a insultarle.

—Eres carne de cañón —le gritaba.

Samuel recibió el golpe como un paciente en coma. Su mirada atravesaba un ventanal, fija en un nido de golondrinas que había construido su hogar en un abedul del patio.

Samuel era dado a largas contemplaciones que distraían su atención de los asuntos cotidianos.

La vida fluía para él como una corriente lenta de aguas subterráneas.

Desesperados por los fracasos académicos de Samuel, sus padres lo internaron en un colegio privado. No desperdiciaban ninguna oportunidad para recordarle el esfuerzo económico que aquella decisión les suponía.

El colegio era un edificio aislado, sumergido en la profundidad de un bosque denso de viejos robles marchitos.

Ya en la adolescencia, mientras sus compañeros visitaban la ciudad, Samuel se adentraba a menudo entre los árboles grises.

A veces se marchaba el viernes por la noche y no se le veía volver hasta el lunes de madrugada.

A veces regresaba con una sonrisa, que se desvanecía al cruzar el pórtico del colegio.

Nacieron historias alrededor de los viajes de Samuel a la espesura, que perduraron como leyendas durante años.

Un grupo de alumnos conspiró en secreto para seguirle una noche de invierno.

Perdieron el rastro y nunca averiguaron qué se tramaba Samuel en el bosque. Se dijo que recolectaba setas y otros ingredientes oscuros para elaborar pociones satánicas. Se dijo que mataba animales y se alimentaba de su sangre caliente. Un repetidor extendió la idea de que Samuel practicaba rituales sexuales con chicas de moral comprometida.

Una joven llamada Lucía tenía un intenso interés en Samuel. Lo observaba siempre, en silencio, durante los recreos. Era una muchacha taciturna de inclinaciones exóticas. Le gustaba la ropa oscura y se la oía a menudo hablando sola. Una mañana ambos coincidieron en el patio, de camino a clase de Lengua. Lucía dijo:

—Hola.

Samuel no respondió. Pero no aceleró el paso, y desde la distancia pudo dar la impresión de que caminaban juntos.

—Me han dicho que no hablas —dijo Lucía, mientras se dirigían a clase de Historia.

—La gente habla demasiado —dijo Lucía, un día de octubre, deleitándose con el crujido seco de las hojas caídas bajo sus zapatos.

Una mañana Lucía vio a Samuel sentado sobre la fuente desecada del patio interior del colegio. Quien no le hubiera conocido habría asegurado que Samuel esperaba a alguien. Lucía se le acercó. Samuel saltó del borde de la fuente y se dirigió hacia la clase de Química. Lucía se apresuró a alcanzarle. Ambos caminaron juntos durante todo el trayecto, en silencio.

Si alguien los hubiera visto desde una ventana, habría tenido la impresión de que Lucía caminaba con una sonrisa en los labios.

Transcurrieron dos años. Lucía y Samuel no se separaban nunca. Lucía le contaba sus ocurrencias, mientras Samuel luchaba por dibujar un pájaro.

—Dibujas muy mal —decía Lucía.

Samuel seguía intentándolo, con una insistencia vana e inútil.

Los viernes Lucía volvía a casa de sus padres para pasar el fin de semana. Dicen que no hablaba nunca, y que guardaba en su habitación dibujos torpes de pájaros. Como tesoros.

Lucía sabía que Samuel pasaba los fines de semana en el bosque. Nunca le preguntó qué hacía allí. Nunca intentó seguirle.

Lucía ayudaba a Samuel con los ejercicios de cálculo. Su esfuerzo se desperdiciaba como el calor de un horno en una noche nevada.

—Ya encontraremos algo que sepas hacer bien —decía Lucía, ofreciéndole a Samuel la goma de borrar.

Una tarde de primavera, víspera de sábado, Lucía recibió una llamada de su padre. No podía traerla a casa porque el abuelo había enfermado.

Por la noche, Lucía vio cómo se iluminaba una cerilla en el patio. Distinguió la figura de Samuel, sentado sobre la fuente desecada. Samuel encendía un cigarrillo.

Samuel no fumaba.

Lucía bajó las escaleras apresuradamente, sintiendo en el corazón que el Destino la perseguía a dos escalones de distancia.

Llegó al patio. Samuel había desaparecido. Miró de un lado a otro, desesperada, y vio un leve fulgor más allá del pórtico del colegio.

El rastro de fuegos fatuos la llevó al bosque, en mitad de la noche.

La luna se alzaba en el cielo, solitaria, como una promesa.

Lucía llegó a un claro. En su centro se encontraba Samuel, rodeado de pájaros, como pétalos alrededor de su estigma, en apacible armonía.

Samuel les hablaba.

Los ojos de Lucía se inundaron al escuchar su voz.

Pues era dulce y grave, profunda y poderosa, como el último trueno, distante, de una tormenta que se aleja.

Samuel les decía a las aves cuánto amaba a Lucía, con palabras más hermosas y ciertas que las que ningún hombre ha oído, ni oirá, jamás.

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